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Escritos sobre Historia, de Héctor J. Iaconis

Las primeras industrias y la energía eléctrica en los orígenes de 9 de Julio

 * Por Héctor José Iaconis.

El29 de abril de 1852, en el periódico Los Debates, el general Bartolomé Mitre se refería al problema de las fronteras con al aborigen, que consideraba “una de las herencias que nos ha dejado la dictadura”[1]. En el prolongado artículo aprovechaba para explicar su pensamiento, a ese respecto. Sugería, así, el establecimiento de “colonias militares ganando terreno sobre los salvajes[sic]”[2], y el empleo de los efectivos de la milicia para los trabajos públicos en aquellos lugares donde se hallaban acantonados, entre otros aspectos.

En octubre de 1862, el general Mitre fue elegido presidente de la República. La seguridad de las fronteras, de la campaña de la Provincia, se convirtió en un proyecto esencial, entre los que se propuso desde el principio de la gestión. Ese proyecto encontró  acogida y solicitud en su ministro de Guerra y Marina, general Juan Andrés Gelly y Obes.

La consecuencia inmediata es la expedición de Julio de Vedia contra los ranqueles, realizada a fines de 1862 y principios de 1863. Las tropas llegaron hasta Leuvucó y Trenel y provocaron la desbandada de los indígenas que no pudieron evitar la perdida de por lo menos 50 hombres[3].

El comandante de Vedia, hermano político de Mitre, revistaba como jefe de la Frontera Oeste, con asiento en Bragado, desde mayo de 1860[4]. No obstante,  su expedición a los ranqueles no había resultado del todo efectiva,  significaba la “penetración más profunda al corazón de la pampa hasta entonces”[5].

En mayo de 1863, de Vedia recibía la efectividad en el rango de coronel[6].  El doctor Zevallos parece dar a interpretar que ese ascenso era una forma de recompensa por aquella campaña, a la cual denomina “sableada feliz en medio de tantas derrotas[7]”... Hoy podemos permitirnos dudar de ello.

La fundación de un pueblo, en Cla Lauquen

Ciertamente, con bastante anticipación a la fecha concreta de fundación, el coronel de Vedia, proyectaba establecer la comandancia en un punto más alejado, el lugar denominado “Tres Lagunas” (Cla Lauquen), como una manera segura de avanzar fuera de la línea de frontera. De hecho, en diciembre de 1860 había solicitado en arrendamiento “un terreno de propiedad pública, afuera de fronteras”[8], con intención de poblarla.  Dos años más tarde la mensura fue diligenciada por el agrimensor Miguel Vaschetti[9] quien, al tiempo, realizaba otras en las inmediaciones del paraje[10].

Algunos planos de comienzos de 1863 ya versan la inscripción “Fortín proyectado por el Coronel de Vedia para establecer en él la Comandancia del Centro”, en la zona de Cla Lauquen.  En un plano fechado el 20 de agosto de 1863, se encuentra trazado algo así como el proyectado ejido de un pueblo, con la inscripción “Nueve de Julio (Comandancia del Centro)”[11]. Estos, como otros indicios, dan lugar a comprender acerca la antelación con que el jefe de frontera preveía la nueva ubicación del campamento militar, y la creación del pueblo[12].

Hacia la mañana del lunes  26 de octubre de 1863, el coronel de Vedia marchó con rumbo a “Tres Lagunas”. Movilizaba consigo 2 jefes y 11 oficiales de la comandancia; 2 jefes, 20 oficiales, 260 soldados de tropa y 87 familias, del Regimiento 5º de Caballería; 2 jefes, 15 oficiales, 213 soldados y 38 familias, del Batallón 9º de Infantería; 2 oficiales y 87 soldados de una compañía de Guardias Nacionales; 5 oficiales y 100 soldados, de las 1ª y 2ª compañías del Regimiento 7º; 3 oficiales y 108 soldados, del Regimiento 18º; 13 oficiales, 104 soldados y 190 familias, de las tribus de Melinao y Rondeao; y 1 coronel graduado y 14 oficiales, de la tribu de Coliqueo[13]. Parte de esas fuerzas provenía desde Bragado y otras se hallaron acantonada en 25 de Mayo y en los fortines “El Mangrullo”, “Baldebenito” e “Hinojo”.

Al día siguiente, acamparon “al oeste de la laguna central de las Tres Lagunas[14]. Emilio Carballeda, uno de los civiles que arribó con las tropas, considerado “el primer comerciante”, relató parte de aquella experiencia en las ediciones del periódico “El Porvenir”, entre julio y agosto de 1903:

 

El coronel don Julio de Vedia, estableció su campamento circundando la laguna principal, punto estratégico, seguramente, que estorbaba a los Indios salvajes, que a continuo invadían los partidos de 25 de Mayo y Bragado. Servirle de apostadero para, después de sus largas jornadas, dar descanso a la caballada por algunos días, en un campo abundante de buenos pastos, como ser gramilla fina, trébol de olor, cebadilla y agua dulce. 

No era, pues, extraño, que disipando este paraje, solamente de diez o doce leguas de los partidos designados, los Indios invasores, en menos de una noche de marca, efectuaran en la madrugada sus malones, cautivando mujeres y niños, y llevándose las haciendas que encontraban en sus irrupciones[15].

 

En los días inmediatos, el coronel de Vedia ordenó la materialización de los primeros trabajos, a fin de  que, de ser necesario realizar cualquier movimiento, “pueda quedar aquí un piquete con toda seguridad”. En efecto, al cuarto día ya se había construido “un potrero para la hacienda, y el cuadro”[16].

De Vedia, comunicó de inmediato el general Gelly y Obes la nueva situación del campamento, explicando que había dispuesto para él la denominación de “Nueve de Julio”. El 3 de noviembre,  Gelly y Obes se dirigía al gobernador de la Provincia, Mariano Saavedra, para informar, entre más, que habiendo sido ocupado “el punto denominado Tres Lagunas”, “un gran número de vecinos solicitan formar un pueblo”. Al día siguiente, el gobernador contestaba al ministro, “persuadido de la conveniencia de fundar el mencionado pueblo en el paraje indicado”, tomaría “las medidas necesarias para la más pronta realización de su pensamiento”[17].

De esa forma, fueron sentadas las bases fundacionales del pueblo. Una comandancia militar que se adelantaba, conquistando un trozo más de tierra al aborigen, en un desierto poblado de vida.

Las primeras industrias

La necesidad de dar abrigo a la tropa y el proyecto de establecer el pueblo de modo definitivo motivó a de Vedia para contratar dos horneros poco antes de partir de Bragado. Aún así, los hornos de ladrillos no se levantaron inmediatamente, pues carecían de las herramientas manuales necesarias.

Las obras iniciales debieron realizarse con cierta lentitud. El 5 de noviembre, en una esquela que dirigía al general Mitre, de Vedia, escribía que “los trabajos siguen aunque lentamente; con sobrados brazos, nos escasean las herramientas. Hay entusiasmo por el nuevo pueblo”[18]. Diecinueve días más tarde, aún aguardaba quemar la primera hornalla y, para febrero, haber obtenido trescientos mil ladrillos[19].

Quemados los primeros ladrillos, éstos le servirían para construir el hospital, que a la sazón consideraba como una de las necesidades primordiales[20]. Carballeda, en su Memoria, expresa: 

 

... el general Vedia estableció dos hornos de ladrillo, que se elaboraba con soldados dirigidos por don Domingo Iraizos y Graciano Iriarte*. Pero, el ladrillo que se hacía, si bien era destinado para hacer cuarteles y habitaciones para la oficialidad, el entonces coronel Vedia, fomentando el progreso de la población, se los facilitaba a particulares, con condición de devolverlos, así que se establecieran hornos particulares, que no tardaron mucho en formarse[21].

 

A partir de entonces, con el surgimiento de esta, la primera industria, pudieron levantarse algunas construcciones más sólidas[22]. En abril de 1865 ya se existían 150 casas, edificadas con diferentes materiales.

Entre las primeras industrias surgidas en aquellos años, juntamente con los hornos de ladrillos, prosperó la de la  fabricación del pan.

 

El segundo poblador -prosigue el relato del comerciante- fue don Tomás Vío, quien a principios de enero de 1864, pobló un rancho de junco, en el ángulo Nort-Oeste y Sud-Este de la plaza delineada por el general Vedia, donde estableció una panadería, en la que se vendía pan de carocillo  por blanco...[23]

 

También la instalación de los molinos de harina, cuya rueda era movida por medio de una caballería fue un buen aporte al incipiente mercado fundacional; tal vez, poco antes de la partida del coronel de Vedia, hacia los campos de batalla del Paraguay. En una carta, datada en Nueve de Julio, el 24 de abril de 1865, dirigida por de Vedia a su amigo, el agrimensor Vaschetti, le indica: “la obra de la panadería va adelante” y cree “pronto [...] podrá mandas [Vaschetti] las atahonas”[24].

 En el primer lustro que siguió a la fundación del partido, puede advertirse, su aumento poblacional y productivo no habría sido tan significativo. Es que “en los comienzos, el núcleo inicial constituyó un centro de aprovisionamiento de las guarniciones de los fortines de la línea fronteriza, acusando sus actividades un carácter casi exclusivamente comercial”[25]

El censo nacional levantado en septiembre de 1869, arrojó un total de 3.045 habitantes, entre los cuales se componían 337 familias[26]. De aquel número, sólo 912 moraban en  el pueblo, los restantes en la dilatada zona rural.

Las unidades habitacionales, en el lapso de dos trienios había incrementado considerablemente. De las 413 viviendas que existían, tanto en el pueblo como en la campaña, 337 eran de paja, 2 de madera, 45 -presumiblemente construidas con ladrillo- de un cuerpo, y 20 de dos cuerpos[27].       

Con el incremento de la población, fueron desarrollándose el comercio y la industria, máxime en un pueblo donde el mayor florecimiento debía denotarse en la agricultura y la ganadería. En 1870, poco menos de siete años después de fundado el pueblo, y a cuatro de constituida la corporación municipal, existían 70 casas de negocios, de las cuales 48 se encontraban situadas en la planta urbana. Entre las industrias más importantes, según da cuenta un Registro de Patentes Fiscales,  sobresalían 3 panaderías, 2 herrerías, 4 hornos de ladrillo, 2 zapaterías, 1 atahona y 1 hojalatería[28].

No existen evidencias concretas, o al menos no han estado a nuestro alcance, sobre de la primer fuente de energía que surgiera en Nueve de Julio. Mucho menos, cual de ella -si la hubo- ha tenido primacía   en el desarrollo de la industria, en el decenio posterior a la fundación del pueblo

Por un lado, podría estimarse que el impulso más remoto, tanto en la manufactura como en otras expresiones de la actividad humana, en este pueblo, se hubiera recibido de la energía brindada por medio del combustible vegetal, entiéndase así, el uso de la leña, y los residios vegetales (pajas de gramíneas, o desechos producido por la poda o fragmentación de los árboles). También de las grasas y aceites animales, obtenidas en las faenas de la hacienda, muy apropiadas para la iluminación. O, quizá, de minerales como el carbón -empleado con la  leña- para el funcionamiento de la maquinaria a vapor.

El censo provincial levantado en octubre de 1881, registra que en el partido de Nueve de Julio, se hallaban sembradas 688 hectáreas de árboles destinadas  para la construcción y el combustible[29]. Desde mucho tiempo atrás se ha entendido a la leña como combustible muy apropiado pues, en estado de desecación, se creía: “ contiene de un 25 a un 30 por 100 de agua”, mientras  el “calórico varía sólo entre 2,80 y 2,60 calorías”[30]

Por otro lado, el mismo asiento sugiere que, entre las herramientas utilizadas en Nueve de Julio, podían hallarse 840 arados simples, 24 maquinas de segar, 50 rastrillos, 1 maquina de viento y 8 maquinas de tracción a sangre[31]. Hasta aquí, nada se insinuaba acerca de la existencia de maquinaria a vapor. Más aún, además de las de tracción a sangre, sólo es aparece citada “una máquina de viento”, tal vez se trate de un molino.

Más adelante, en las estadísticas recogidas por el mismo censo de 1881, se encuentra indicada la cantidad de industrias, instaladas por ese tiempo,  las cuales alcanzaban a 15, con capitales  de 4.788.000 pesos[32]. A estas debe sumarse la actividad del comercio, ya desarrollado, al punto de convertir al pueblo -y al partido- en “cabecera de una de las zonas comerciales importantes de la Provincia”[33].

Entre aquellas industrias, existentes en 1881, sobresale un molino de agua o vapor, cuyas inversiones -las más elevadas de entre los establecimientos existentes - ascendían a 3.360.000 pesos. Se trataba, sin dudas, del molino harinero que, un año antes, convino instalar Nicolás Gallo[34]; pues, al menos, en marzo de 1880, había solicitado autorización al Concejo Deliberante de Nueve de Julio para situarlo[35]. Éste debió funcionar, no sabemos si desde el principio, con maquinaria a vapor[36]. Para eliminar el agua que empleaban la maquinaria, en junio de 1887, se construía un sistema de canalización que llegaba hasta la denominada laguna de Malcorra, “fuera del radio del pueblo”[37]. Ello dio origen, más tarde, a la formación de una especie de  lavadero comunitario.

Recién en 1883, entre la maquinaria agrícola existente en el cuartel 6º, se cita la existencia  de un motor a vapor con cuatro ruedas[38]. Ello hace presumir que en el cuartel 1º y en el radio urbano de Nueve de Julio, existían otras máquinas similares[39].

 

La energía eléctrica. Su presencia en los orígenes del pueblo

Pero frente a la dificultad de ubicar temporalmente la aparición de determinadas formas de energía, surgen con mayor claridad indicios que nos permiten deducir la presencia de la  electricidad, como fuente de progreso para la naciente sociedad, a poco más de una década después de su fundación. Ello emerge de manera notoria con la instalación del telégrafo, pues: “si la electricidad no se ha podido todavía aplicar con ventaja a producir grandes fuerzas, puede sin embargo producirlas pequeñas, y poner en movimiento cuerpos que presenten poca resistencia, y que marquen diferentes señales instantáneamente a cualquier distancia del puntó en que se producen, por la prodigiosa velocidad del fluido eléctrico”[40].

Durante la década de 1870,  pudo comprobarse un notable incremento en la prolongación de las redes telegráficas. De 327 kilómetros de hilos en 1870, se alcanzó a 6.485, diez años después[41].

 

A mediados de 1875, el ministro de Guerra, doctor Adolfo Alsina, había enviado un mensaje, a la legislatura, exponiendo una especie de proyecto para la ocupación militar de tierras que, hasta entonces, se hallaban habitadas por los indígenas. Entre los requerimientos del ministro se encontraba la extensión de las líneas telegráficas, existentes hasta el momento, las cuales alcanzaban, según Walter, “hasta Chivilcoy, por el Oeste; hasta Rojas, por el Norte; y en dirección a Bahía Blanca, hasta Las Flores” [42], en la Provincia de Buenos Aires.

 

En los primeros días  de octubre, recibieron sanción las leyes que, de alguna manera, ponían en rigor el proyecto de Alsina, permitiendo la fundación de pueblos, y la organización de la nueva frontera.  La número 753, sancionada y promulgada en aquellos días, se refiere concretamente a los telégrafos entre Buenos Aires y las comandancias militares de la Provincia y su posible ramificación[43].  

Por otro lado, el 23 de diciembre de 1875, la legislatura de la Provincia de Buenos Aires, sancionaba la ley nº 1016, referida a la construcción de doce líneas telegráficas, una de las cuales -la duodécima- debía unir Bragado con  Nueve de Julio. Para la construcción de éstas, el gobierno provincial dispondría de hasta siete millones y medio de pesos, pudiendo tomar los recursos “de los fondos depositados por cuenta del empréstito de 1870, debiendo devolver dichas sumas al depósito tan luego como para las obras del puerto fuese necesario...”[44].

Esa empresa, llevada adelante “bajo la inmediata vigilancia del directorio del Ferrocarril del Oeste”[45], permitiría asegurar la comunicación de las fuerzas militares que se movilizaban sobre territorio del indio, formando nuevos centros de población, fortificaciones de línea.

La inauguración de la línea telegráfica a Nueve de Julio resultó, sin dudas, uno de los acontecimientos más benéficos en lo que iba del siglo XIX, conjuntamente con la prolongación de los rieles férreos, años más tarde.  Entonces, las características del pueblo no diferían, en gran magnitud, de las de aquellos caseríos de frontera, donde algunos progresos científicos parecían llegar con cierta lentitud[46].

 

La línea del telégrafo eléctrico [como se llamaba entonces], que por el ministerio de la Guerra se había ordenado construir por razones militares, se terminó conectándose esta con el correspondiente trasmisor y receptor el día 30 de julio [de 1876], librándose inmediatamente al servicio público, uniendo desde ese momento este rincón de la Provincia [...] con el resto del orbe...[47]

 

La gravitación que importaba esta inauguración puede entenderse más acabadamente, si se tienen en cuenta los medios de transporte a larga distancia que existían por entonces, de los cuales también  dependía el servicio de correos. El Ferrocarril del Oeste culminaba en Chivilcoy, lo cual obligaba al uso de las mensajerías o servicios de galera[48].

Aquel día de julio de 1876, las autoridades de la Corporación Municipal aprovecharon la feliz ocasión para remitir los primeros telegramas, informando la inauguración del servicio. Tres de ellos fueron dirigidos al gobernador de la Provincia, Carlos Casares, al general Julio de Vedia y al presidente del directorio de la empresa encargada de la construcción del  telégrafo, respectivamente[49].

Este año, en el país, estaban afectados al servicio telegráfico 254 empleados. Otros 16 se localizaban en la dirección general, 41 en Buenos Aires y 197 en servicio en el interior[50].

Este importante servicio, así como el de correos, debía insumir al gobierno un dispendio importante, especialmente su instalación de los pueblos fronterizos.“En pueblos -explica una Memoria del Ministerio del Interior de 1880- que empiezan a formarse, la institución del Correo y del Telégrafo nunca puede ser considerada como fuente de recursos. Se gasta cuanto es necesario para acercar a los hombres y vincularlos por medio de la más frecuente comunicación, no en vista de una renta inmediata sino como el medio de llegar a una época más o menos próxima a un estado de civilización y de progreso que compensen aquellos sacrificios...”[51].

A mediados de 1881, por medio de otra ley provincial, la legislatura bonaerense autorizó la construcción de otras cuatro nuevas líneas. Esta vez, “tan luego como los recursos públicos” lo permitían, los hilos se debían prolongar desde Nueve de Julio hasta San Carlos de Bolívar.

 



[1] ANDRÉS  R. ALLENDE, “Reiniciación de la Guerra con el indio en la Frontera del Sud de la Provincia en 1852”, Primer Congreso de Historia de los Pueblos de la Provincia de Buenos Aires. Reunido en La Plata en los días 25 a 28 de septiembre de 1950..., La Plata, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia, 1952, t. II, p. 119.

[2] Ibidem.

[3] CARLOS MARTÍNEZ SARASOLA, Nuestros paisanos los indios, Buenos Aires, Emecé, 1993, p. 261.

[4] Archivo del Estado Mayor General del Ejército (en adelante, A.E.M.G.E.), Buenos Aires, Legajo personal de Julio de Vedia, flash, nº 13.424, f. 1v.

[5] FELIX BEST, Historia de las guerras argentinas. De la Independencia, internacionales, civiles y con el indio, Buenos Aires, Peuser, 1960, t. II, p. 365.

[6] A.E.M.G.E., Legajo personal..., cit. Cfr. Archivo del Instituto de Ayuda Financiera para el pago de retiros y pensiones militares, Buenos Aires, Sección de Pasividades, expediente nº 4.146,  1892,  Pensión a Lastenia Videla de Vedia, ff. 6-8.

[7] ESTANISLAO ZEVALLOS, Callvucurá y la Dinastía de los Piedra, Buenos Aires, Solar, 1994, p. 116.

[8] Archivo de la Dirección de Geodesia, Catastro y Mapa, La Plata, Partido de Nueve de Julio, Duplicado nº 1, Mensura de un terreno concedido a Julio de Vedia, 1862, f. 1.

[9] Ibidem, f. 1v ss.

[10] MEINRADO HUX, El General Julio de Vedia y la Fundación de Nueve de Julio (conferencia pronunciada en Nueve de Julio, en octubre de 1963), versión revisada y ampliada en 1997, p. 9.

[11] Ibidem.

[12] Ibidem, p. 10.

[13] HUX, op. cit., p. 12. Cfr. HUX, Los orígenes de Bragado, s.l., s.e., 1995, p. 145.

[14] BUENAVENTURA N. VITA, Crónica Vecinal de Nueve de Julio. 1863-1870, La Plata, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, 1938, p. 6.

[15] Crónica retrospectiva de la fundación de Nueve de Julio, trascripción en “El 9 de Julio”, año 93, nº 15210, Nueve de Julio, 27 de octubre de 2001, p. 11.

[16] Archivo del General Mitre (en adelante, AGM), “Presidencia de la República. 1862-1868”, Buenos Aires, Biblioteca “La Nación”, 1913, t. XXIV, p. 87.

[17] “El Nacional”,  año XII, nº 3404, Buenos Aires, 5 de noviembre de 1863, p. 2.

[18] AGM, “Presidencia de la República. 1862-1868”, cit, t. XXIV, p. 38s.

[19] De Julio de Vedia al General Mitre, Nueve de Julio, 24 de noviembre de 1863, Ibidem.

[20] Idem., 2 de diciembre de 1863, Ibidem.

* Existen algunas divergencias acerca de la identidad de los dos primeros horneros. Según VITA, op. cit, uno de ellos habría sido Antonio Maya. Otras referencias incluyen a Martín Baztarrica (Cfr. “La República”, revista ilustrada, año VII, nº 15, Buenos Aires, junio de 1926).

[21] CARBALLEDA, loc. cit.

[22] El 12 de febrero de 1864, el gobernador de Buenos Aires, Mariano Saavedra, expidió un decreto, a los efectos de proceder “a  la fundación de un nuevo pueblo que se denominará Nueve de Julio”. Asimismo comisionó al agrimensor Vaschetti para realizar la traza del mismo, trabajo emprendido en mayo del mismo año. El 19 de julio de 1865, fueron creados diez nuevos partidos, entre ellos Nueve de Julio.

[23] CARBALLEDA, loc. cit.

[24] Nota nº 90, de una colección epistolar dirigida por Julio de Vedia a Miguel Vaschetti, entre 1865 y 1867, cedidas gentilmente -en fotocopias- por el profesor Edgardo López.

[25] JUAN F. DE LÁZARO, “Nueve de Julio”, RICARDO LEVENE et al., Historia de la Provincia de Buenos Aires y formación de sus pueblos, La Plata, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia, 1941, t. II, p. 495.

[26] VITA, op.cit., p. 88s.

[27] Ibidem.

[28] VITA, op. cit., p. 99.

[29] Censo General de la Provincia de Buenos Aires. Demográfico, agrícola, industrial, comercial... verificado el 9 de octubre de 1881..., Buenos Aires, Imprenta de El Diario, 1883, p. 310.

[30] EMILIO BOUANT, et al., Nuevo Diccionario de Química aplicada a las ciencias, a las artes...Barcelona, Espasa y Compañía, circa 1888, t. I, p. 443.

[31] Censo General de la Provincia ...verificado el 9 de octubre de 1881.cit., p. 314.

[32] Ibidem, p. 370.

[33] JUAN F. DE LÁZARO, loc. cit.

[34] Infra.

[35] Cfr. BUENAVENTURA N. VITA, Crónica Vecinal de Nueve de Julio. 1863-1900, (en adelante,  opera omnia) original mecanógrafo inédito de una versión primitiva de esta obra, la única que se conoce completa,  circa 1930, que se conserva en el Archivo y Museo Histórico “Julio de Vedia” de Nueve de Julio, p. 559.

[36] Contar con un establecimiento de estas características significó, para el pueblo, un valioso recurso para el comercio y la industria local. Debe tenerse en cuenta el escaso desarrollo  de estas factorías en el país; ese año, la importación de harina del extranjero hubo alcanzado a los 1.265.000 kilogramos (Cfr. ALEJANDRO BUNGE, “El Progreso de la República Argentina  en los cincuenta años de vida de «La Prensa»...”, en “La Prensa”, edición especial, 18 de octubre de 1919, p. 15).

[37] “La Defensa”, año I, nº 102, Nueve de Julio, 26 de junio de 1887, p. 2.

[38] VITA,  opera omnia,  p. 629.

[39] El uso de esta fuente de energía, hacia la década siguiente hubo alcanzado mayor desarrollo, quizá por la influencia del avance del ferrocarril. A mediados de la década de 1890 ya existían pequeñas fábricas movidas por maquinaria a vapor (Cfr. “El Porvenir”, año II, nº 144, Nueve de Julio, 25 de octubre de 1896, p. 3).

[40] EDUARDO RODRÍGUEZ, Manual de Física General Aplicada a la Industria y a la Agricultura, Madrid, Imprenta y Librería de la viuda e hijo de D. Eusebio Aguado, 1873, p. 583.

[41] JUAN CARLOS TOER (dir.), Historias del correo en la Argentina, Buenos Aires, Organización Coordinadora Argentina,  1993, p. 70.

[42] JUAN CARLOS WALTER, La conquista del Desierto, Buenos Aires, Círculo Militar (Biblioteca del Oficial, mayo-junio 1964, vol. 545-546), 1964, p. 491.

[43] Cfr. JERÓNIMO REMORINO (dir.), Anales de Legislación Argentina. Complemento 1852-1880, Buenos Aires, La Ley, 1954, p. 1016.

[44] FEDERICO KETZELMAN-RODOLFO F. DE SOUZA (comp.), Colección completa de Leyes del Estado y Provincia de Buenos Aires desde 1854 a 1929, Buenos Aires, Lex, 1930, t. IV, p. 684.

[45] Ibidem.

[46] Para la profesora Tapia, en aquellos años, “9 de Julio no era más que un modesto villorrio cuya única importancia radicaba en la gran cantidad de militares que con sus familias, daban movimiento a la línea de frontera, atacada periódicamente por los indios capitaneados por Calfucurá y Payné” (Cfr. GLORIA TAPIA DE ALVAREZ, Españoles en 9 de Julio, Pehuajó, Instituto Nacional de Enseñanza Superior, 1992, p. 13s.). Cabe destacar que los ataques al pueblo, por parte de los malones aborígenes, se registraron hasta alrededor de 1877. Uno de los más importantes aconteció, precisamente, el 8 de octubre de 1876.

[47] BUEVAVENTURA N. VITA, Crónica Vecinal de Nueve de Julio. 1870-1877, monografía inédita presentada al Segundo Concurso de Historia de los Pueblos de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, 1947, p. 138.

[48] La extensión del ferrocarril hasta Bragado había sido convenida por ley del 19 de febrero de 1869. Otra del 27 de abril de 1874 se autorizaba la inversión de una considerable suma para diversas obras, entre ellas la prolongación hasta Bragado y Nueve de Julio. Lo cierto es que recién el 25 de junio de 1877, por acta del directorio del Ferrocarril del Oeste, fue librado el servicio hasta la estación Bragado (Datos proporcionados por Carlos A. González, jefe del Museo Nacional y Centro de Estudios Históricos Ferroviarios al autor,  el 4 de enero de 1994).

[49] VITA, Crónica..1870-1877, cit.,  p. 138ss.

[50] OSCAR OSZLAK, La formación del Estado argentino. Orden, progreso y organización nacional, Buenos Aires, Planeta, 1997, p. 329.

[51] Citado por PATRICIA NOEMÍ FERNÁNDEZ et al., “Reseña Histórica”, Dirección General de Correos y Telégrafos, Buenos Aires, Archivo General de la Nación, 1999, p. 13.

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